Iban Zaldua

Bibliografía
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Zaldua, I., Bibliografía in Olaziregi, M.J. (ant.), Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid, 2005.
El presunto terrorista detenido antes de ayer está en medio de la habitación, sentado en una silla incómoda, atado de pies y manos. Empapado en sudor frío. Alza la vista y se atreve a mirar hacia donde está el policía que le ha torturado apenas hace una hora. El policía lleva la cara cubierta con un pasamontañas, y está leyendo un libro. No parece haberse dado cuenta de que el preso se ha despertado, y ni siquiera se ha movido. El presunto terrorista se ha quedado helado al reconocer el libro que el policía tiene entre sus manos: la misma cubierta color gris perla, la misma ilustración, el mismo título, el mismo autor. El presunto terrorista también ha leído esa novela no hace mucho. No entiende cómo puede estar en manos de su torturador. Recuerda que la leyó con la misma pasión que cree percibir en el policía. Que casi no hizo caso a lo que ocurría a su alrededor. Que no quería que el libro se acabara.

Al policía 76635-Q le dejó la novela su novio, hace una semana. No tiene mucho tiempo para leerla, pero le está gustando mucho. Decidió dejarla en el trabajo, para poder leer unas páginas en momentos de descanso como éste. Sus compañeros se ríen de él cuando ven que saca el libro del cajón de la mesa, pues no le conocían tal afición. A 76635-Q le da lo mismo. Esta novela es especial. No tiene ganas de que acabe. Es la primera vez que le sucede algo así.

A.J.C., el novio del policía, lee bastante más que 76635-Q. Tiene un trabajo más tranquilo (es funcionario de prisiones), y muchas horas en las que apenas tiene nada que hacer. Le gustaría que la afición prendiera en 76635-Q, porque le encanta hablar de libros (y también de películas), pero hasta ahora no ha tenido mucha suerte. De hecho, no sabía si iba a acertar o no con el libro, y todavía no lo sabe, ya que desde que se lo pasó no han estado juntos. Se pondrá muy contento cuando se encuentre con el policía, mañana o pasado, porque lo primero que escuchará de sus labios será lo mucho que le está gustando la novela. La consiguió en un registro que hicieron en el Cuarto Módulo, en una de las celdas que dejaron patas arriba. A.J.C. no se acuerda del nombre y de la cara del preso que estaba en aquella celda, ni de si le encontraron algo o no. Sólo que vio aquella novela en el estante y que, como conocía al autor, decidió llevársela. No se arrepiente: es, sin duda, la mejor obra de ese autor.

El preso de aquella celda, Pedro, se acuerda muy bien, sin embargo, de aquel registro, y también de otros muchos que ha sufrido anteriormente. Lo cierto es que lo del libro no le importó tanto, ya que nunca logró terminarlo, pero entre sus páginas guardaba unas fotos de su novia, y le da rabia haberlas perdido; eran unas fotos muy bonitas, de ellos dos en Benidorm y en Alicante, y del mar. Además, en aquel registro le destrozaron su televisor portátil.

Aquella novia que aparecía sonriente en las fotografías de Pedro no aceptaría ahora dicho título: como mucho, admitiría ser la ex novia de Pedro. Sara Fuentes odia aquellos meses en los que compartió piso con Pedro; también odia a Pedro, o lo odiaba, ya no está segura: ha pasado mucho tiempo. Ahora vive, de nuevo, en casa de sus padres, y trabaja en una floristería, a media jornada. Ya no se inyecta heroína y ha dejado de cometer pequeños robos para procurársela. Sara ha olvidado por completo aquel libro que se dejó cuando huyó de Pedro, lo mismo que otras muchas cosas que abandonó en aquella casa. Lo había robado en la Biblioteca Municipal y de eso precisamente acaba de darse cuenta el policía 76635-Q al ver el sello de la Biblioteca en la esquina inferior derecha de la página 111 (luego comprobará que el mismo sello vuelve a aparecer en las páginas 211 y 311). Sara intentó vender el libro durante un par de domingos en el mercadillo de la plaza nueva, pero no tuvo suerte. Le quitaron de las manos, sin embargo, los de Michael Crichton y Vázquez Figueroa que había robado en el Corte Inglés.

Cuando el libro llegó a la biblioteca, Alicia Fernández de Larrea lo fichó y le estampó el sello en las páginas 111, 211 y 311; también en la primera, pero Sara arrancó ésta antes de llevarlo a vender. Al fichar el libro, Alicia decidió que lo leería, porque había podido hojear el comienzo, y le había gustado. Pero no tuvo tiempo de llevar a término aquella decisión. Una tarde en que volvía en coche a su casa, hicieron explotar una bomba contra un Patrol de la Guardia Civil que venía detrás de ella. Los guardias civiles salieron bien parados de aquella, pero Alicia quedó gravemente herida y murió en el hospital cinco horas más tarde.

La participación en aquel atentado es uno de los delitos que quieren hacer confesar al presunto terrorista que, sentado en una silla incómoda, atado de pies y manos, está empapado en un sudor frío. El presunto terrorista, sin embargo, ha olvidado todas las preguntas que le hacen sin cesar, y sólo se acuerda del libro que lee el policía. Aquella novela que tanto le gustó. Esbozando algo semejante a una sonrisa, recuerda que decidió comprarla porque el apellido del autor y el suyo eran el mismo. Y porque iba a tener que pasar una mañana entera junto al escaparate de aquella cafetería. Un remedio contra el aburrimiento.

Está pensando en estas cosas, cuando el policía 76635-Q cierra el libro y, desganado, hace el gesto de levantarse.











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