La littérature basque contemporaine

Breve introducción a la literatura en lengua vasca
Cover of 'akordatzen' by joseba sarrionandia (txalaparta publishing house)
Cover of 'alex' by mariasun landa (erein publishing house)11
Cover of 'beluna jazz' by harkaitz cano (susa publishing house)1
Cover of 'bihotz bi' by ramon saizarbitoria (erein publishing house)11
Cover of 'blackout' by xabier montoia (susa publishing house)11111
Cover of 'ehun metro' by ramon saizarbitoria (erein publishing house)111
Cover of 'elektrika' by xabier montoia (susa publishing house)11
Cover of 'emakume biboteduna' by xabier montoia (susa publishing house)
Cover of 'eta emakumeari sugeak esan zion' by lourdes oñederra (erein publishing house)1
Cover of 'gasteizko hondartzak' by xabier montoia (susa publishing house)1
In Olaziregi, M.J., 2002, Leyendo a Bernardo Atxaga, Bilbo, Servicio editorial de la Universidad del País Vasco.
El despertar del erizo, de ese misterioso animal que para protegerse se contrae en forma de bola con púas, sirve a la perfección para simbolizar el desarrollo de la literatura en lengua vasca. Tal como se insinúa en el poema de Bernardo Atxaga que sirve de epígrafe a este libro (cf. Escribo en una lengua extraña), se trata de un erizo que ha estado demasiado tiempo en letargo, pero que, afortunadamente, ha conseguido desadormecerse en el siglo XX. El período más interesante y reseñable de nuestra historia literaria se concentra, por tanto, en los últimos cien años y son éstos precisamente los que ocuparán la mayoría de las líneas que siguen. Por ello, serán escasas las referencias que haremos a nuestro pasado literario más remoto ya que, desde que en 1545 sale a la luz el primer libro en euskara, el poemario Linguae Vasconum Primitiae de B. Etxepare, son sólo 101 los libros se publican hasta 1879 y además, de entre ellos, sólo 4 pueden ser considerados estrictamente literarios. Vemos, por tanto, que hablamos de una literatura tardía, de una literatura que no ha tenido condiciones socio-históricas demasiado favorables para desarrollarse y que ha estado ligada, como es obvio, a los avatares de la lengua que la sustenta: el euskara.

Y ya que hablamos del euskara, no estaría de más que hiciésemos algunas precisiones respecto a la lengua vasca que puedan ayudar a conocer más, a querer, en definitiva, nuestro pasado y presente literario. Para empezar, deberíamos recordar que escribimos y sentimos en una lengua antiquísima, pre-indoeuropea, según los expertos, y aunque la fecha exacta de su origen nos es desconocida, la mayoría de los antropólogos, historiadores y lingüistas coinciden en señalar que ya en el período Neolítico se hablaba euskara. Además, tendríamos que precisar que nos referimos a una comunidad de hablantes muy reducida, integrada, en la actualidad, por unos 700.000 euskaldunes, o vascoparlantes, que viven a ambos lados del Pirineo. La frontera política que divide hoy en día el País Vasco, o Euskal Herria, determina, a su vez, una situación legal diferente. Si, tras la aprobación de la Constitución Española de 1978, el euskara tiene, junto al castellano, un status de oficialidad en las dos comunidades autónomas de la zona española, no ocurre lo mismo en el País Vasco francés, donde el euskara no tiene carácter de lengua oficial. Las consecuencias de esta desigualdad son fácilmente predecibles: la instauración de modelos bilingües de enseñanza o la convocatoria de ayudas a la edición en euskara han hecho que, en la actualidad, el sistema literario vasco sea mucho más fuerte y dinámico en el País Vasco español que en la zona continental.

Pero esto no siempre fue así y las primeras publicaciones de nuestra historia literaria vieron la luz en la zona vasco francesa. Al texto de Etxepare de 1545 siguieron otros que se convirtieron en puntos de inflexión importantes en el desarrollo de la literatura en lengua vasca. Nos referimos a la traducción, en 1571, del Nuevo Testamento y escritos calvinistas realizada por J. de Leizarraga y a la aparición, en 1643, del Gero de Pedro de Axular, considerada como exponente máximo de la prosa ascética en nuestra lengua. La publicación de textos de edificación y de traducciones continúa, y en el siglo XVIII, es la zona vasco-española la que conoce un resurgir de obras y autores. En 1765, surge la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País y el Real Seminario de Bergara. Al amparo de las ideas de la Ilustración, autores como Fco. Javier Mª Munibe, Conde de Peñaflorida, impulsaron y avivaron el ambiente cultural de la época. Del período 1794-1808, destacaremos el relieve que alcanzan las actividades relacionadas con la lengua. En ese momento nos visita el eminente lingüista G. de Humboldt, quien se erige en difusor del euskara en círculos europeos. A él le seguirán muchos otros y, a la sombra del Romanticismo, también el País Vasco y nuestra antigua lengua llamarán la atención de creadores y curiosos, como la del poeta inglés W. Wordsworth o el escritor francés P. Merimée, quien nos presenta un personaje vasco, Carmen, como heroína de su conocida novela.

En cualquier caso, es en el último decenio del pasado siglo cuando se dan las primeras señales de un espíritu nuevo, espíritu que transformará de raíz, el futuro de nuestra literatura. Así, desaparece el antiguo predominio de obras de edificación y formación religiosa, y el espectro de géneros literarios cultivados se va ampliando: la trayectoria de poetas como Bilintx o Etxahun se verá enriquecida por la incorporación de nuevos autores como Arrese Beitia y el género narrativo, en especial, la novela, hará su irrupción en el panorama literario vasco. La pérdida de los fueros tras la segunda guerra carlista (1873-1876), señaló el comienzo de lo que la crítica ha denominado el Renacimiento literario vasco. Es en esta época cuando, de la mano de Sabino Arana, se sentarán las bases del nacionalismo vasco que, a su vez, influenciará toda la literatura vasca del primer tercio del siglo XX. La preeminencia de la ideología nacionalista hará que la producción literaria de las primeras décadas del s. XX esté condicionada por objetivos extraliterarios y ajena a todo el movimiento del Modernism europeo que trató de subvertir el lenguaje y las formas ya quebradas de la edad moderna. Nos referimos a los escritores que hicieron suya la proclama lanzada, en 1930, por el poeta E. Pound: Make it new! y cuyos aires renovadores no llegaron hasta nosotros hasta bien avanzado el siglo XX, allá por los años 60. La novela vasca que inicia su andadura a finales XIX de la mano de D. Agirre tratará de reflejar un mundo idealizado y esencialista, alejado de las ciudades industriales que se fueron conformando en el País Vasco. Se trata, en definitiva, de una novela de tesis en torno a tres grandes ejes: fe, patriotismo y vasquidad, cuyo modelo perdurará hasta los años 50.

En cuanto al resto de los géneros, es la poesía, sin duda, la que mejores frutos dio en la primera mitad del siglo XX. Con una tradición literaria mucho más asentada que la del género narrativo, la poesía post-simbolista que tuvo su mejor expresión en la obra de J.M. Lizardi, Lauaxeta y Orixe trató de explorar en las posibilidades expresivas de nuestra lengua. La Guerra Civil española (1936-1939) trajo efectos devastadores en la producción literaria vasca. A la gran cantidad de bajas y de exiliados, siguió la gran represión que ejerció el bando de los ganadores. Hablamos de una época en la que se prohibieron los nombres vascos e incluso las inscripciones en euskara de las lápidas de los cementerios, una época en la que la calle, la administración, la cultura& fueron ámbitos donde el franquismo ejerció su censura. Se ha afirmado que la generación de la posguerra fue una de las más importantes de la literatura vasca, pues le dio lo que más necesitaba en aquellos momentos: una continuidad. El género más cultivado fue la poesía, entre otras razones, porque era más fácil publicar poemas sueltos que obras completas y porque entre los años 1940-1950 la actividad editorial normalizada era prácticamente imposible. Entre los poetas de la época, cabe destacar a Jon Mirande, quien transgredió el espíritu religioso latente en la poesía vasca hasta los años 50. Mirande, heterodoxo y nihilista, heredero de Poe y Baudelaire y lector de Nietzsche, también nos dejó una novela, La ahijada (1970), una especie de versión vasca de la Lolita de Nabokov. Tanto J. Mirande como Gabriel Aresti (1933-1975), pertenecían a lo que se ha venido en llamar la Generación del 56, generación que pretendió actualizar la literatura vasca con la incorporación de las propuestas modernas de las literaturas europeas, pero, sobre todo, pretendió liberar a la literatura vasca de su servilismo político, religioso o folclórico para que, en definitiva, fuera la función estética la predominante en el hecho literario. Los acontecimientos que se sucedieron en Euskadi unos años más tarde, en la década de los años 60 (desarrollo industrial y económico, afianzamiento de las escuelas vascas o ikastolas, unificación del euskara, gran activismo político contra el régimen franquista que censuraba toda actividad cultural en euskara, campañas de alfabetización en lengua vasca,&), crearon un humus propicio para la germinación de nuevos planteamientos literarios. Se ha dicho que a la ortodoxia cultural vigente en la época, se contrapuso una heterodoxia cultural y política, impulsada por autores como el mencionado poeta Gabriel Aresti, el insigne filólogo Koldo Mitxelena (1915-1987) y el escultor Jorge Oteiza (1908). G. Aresti, tras la publicación de Maldan Behera [Pendiente abajo] (1960) de clara sensibilidad eliotiana, derivó hacia la poesía social a partir de la publicación de Harri eta Herri [Piedra y Pueblo] (1964).

En cuanto al género narrativo, diremos que la novela existencialista Leturiaren egunkari ezkutua [El diario secreto de Leturia] (1957) de Txillardegi, marcó el inicio de la modernidad en la novela escrita en lengua vasca. Unos años más tarde, en 1969, con la publicación de Egunero hasten delako [Porque comienza cada día] el escritor Ramón Saizarbitoria dio un giro radical al panorama novelístico y este giro se plasmará en el relevo de la poética existencialista por una novela experimental próxima al Nouveau Roman francés. Entramos en un período donde la forma novelesca y la experimentación prevalecerán en los universos literarios de los autores de la época. Este despliegue de forma culmina, en 1976, con la publicación de Ene Jesús [¡Ay Dios mío!], también de R. Saizarbitoria. Es en la década de los 70 cuando irrumpe, en el panorama de la literatura vasca nuestro autor más internacional: Bernardo Atxaga. Aunque en sus inicios publicó obras de corte post-vanguardista y factura experimental, pronto derivó hacia planteamientos más fantásticos o realistas. Es a finales de los 70 cuando, al igual que ocurriera en las literaturas colindantes, la novela vasca recuperó el gusto por contar. La premisa posmoderna de que "todo está contado pero hace falta recordarlo" subyace a muchos de los textos de las últimas décadas.

El inicio de la era democrática española en 1975, aunque no supuso un cambio drástico en los paradigmas literarios vascos de la época, sí que posibilitó que se dieran las condiciones objetivas para que la institucionalización de la literatura vasca como actividad autónoma se desarrollara plenamente. Los datos que avalan esta nueva situación son elocuentes: actualmente se publican unos 1.500 nuevos títulos al año, hay unas 100 editoriales asentadas en el territorio vasco, el número de escritores ronda los 300, de los cuales, sólo el 10 % son mujeres, el género mayoritario es el narrativo, y en concreto, la novela es el género estrella en la última década. Además, a partir de 1981, se instauran los estudios universitarios de Filología Vasca y éstos permiten el fortalecimiento de la crítica académica y la aparición de nuevas generaciones de investigadores. Eventos importantes como el de la Feria anual del Libro de Durango (1965-) se consolidan gracias a la afluencia masiva de visitantes (unos 250.000 en la edición del año 2000). Las traducciones de obras universales al euskara sufren un incremento cuantitativo y cualitativo tan considerable que me atrevería a afirmar que, en la actualidad, es muy recomendable leer en euskara a autores universales como Hölderlin, T. S. Eliot, Faulkner, Joyce, Beckett, Kundera, ...Todos ellos son indicadores que dibujan un panorama editorial bastante consolidado, en el que la publicación y lectura de textos literarios en euskara ha alcanzado cotas no conocidas hasta la época. El aspecto más débil de nuestro sistema literario sigue siendo, sin duda, el número reducido de obras que han sido traducidas del euskera a otros idiomas. De los 60 libros que se calcula han sido traducidos a diferentes idiomas, la bibliografía de B. Atxaga ocupa un lugar protagonista, no sólo por el número de idiomas a las que ha sido traducida (Obabakoak, por ejemplo, se puede leer en 25 idiomas distintos) sino por el eco y aceptación internacional que ha obtenido el autor. A pesar de que hoy en día contamos con una infraestructura editorial, mediática y académica reseñable, la literatura vasca sigue sin mostrarse al mundo como lo que es: literatura ávida de encontrar nuevos lectores.

Pero volvamos a retomar este breve repaso de nuestra literatura contemporánea. En lo referente a la poesía resaltaremos que el relevo a la poesía social de Aresti vino, en la década de los 70, con la irrupción de una poesía de tono más existencial, como la de X. Lete o la de autores como A. Urretabizkaia o M. Lasa (Memory Dump, (1993)). Otros autores, partieron de posiciones postsimbolistas para evolucionar hacia un estilo más concentrado y sintético (J. M. Lekuona), o hacia la introspección personal (B. Gandiaga). También inicia su trayectoria poética en los años 70 K. Izagirre. Su Itsaso ahantzia [El mar olvidado] (1976) es un texto próximo a la estética surrealista, estética que derivará hacia una poesía comprometida en 1989, con la publicación de Balizko erroten erresuma [El reino de los molinos ficticios]. J. Sarrionandia, por su parte, tras un viaje literario que recalaba, sobre todo, en Kavafis, Holan y Pessoa en el poemario lleno de referencias culturalistas: Izuen gordelekuetan barrena [Por los escondrijos del miedo] (1981), también se ha acercado hacia una poética más comprometida en Marinel zaharrak [Los viejos marinos] (1987) y Huny illa nyha majah yahoo (1995).

Pero el libro que más convulsionó el panorama poético de la época fue Etiopia (1978), de Bernardo Atxaga, libro que determinó el canon de la poesía moderna entre nosotros. La aparición de la obra, al igual que la de algunas que hemos mencionado arriba tuvo lugar en una época, 1976-1983, en la que la poesía vasca vivió su período vanguardista con la proliferación de revistas literarias que actuaron como plataformas de difusión para muchos autores. Para completar esta presentación, señalaremos que la década de los 80 se inició con una pluralidad de tendencias poéticas, entre las que cabe destacar, la consolidación de la llamada poesía de la experiencia. Poetas de la talla de F. Juaristi (Denbora, nostalgia, [Tiempo, nostalgia] (1985), Galderen geografia [Geografía de preguntas] (1997)), A. Iturbide, J.K. Igerabide o M.J. Kerexeta, combinarán un acercamiento al simbolismo y esteticismo, con el recurso a la experiencia personal como base de su poesía. Otros autores, como T. Irastorza, publicaron poemas de corte más intimista y, aunque a pesar de que en los años 90 la publicación de obras poéticas ha decrecido, se han incorporado a nuestro panorama literario autores tan interesantes como R. Díaz de Heredia (Hari hauskorrak [Los hilos quebradizos], (1993); Kartografia (1998)), G. Markuleta, Miren Agur Meabe y Kirmen Uribe. Por otro lado, los escritores que se agrupan en torno a la revista Susa y escriben una poesía más rupturista, underground diríamos, han visto ampliado su grupo inicial de poetas (Izagirre, Aranbarri, Nabarro, Montoia, Otamendi, Borda...) con la incorporación, en los 90, de otros nombres (J. Olasagarre, H. Cano, G. Berasaluze,...).

En cuanto al género narrativo, claramente mayoritario en las últimas décadas, tendríamos que señalar que la proliferación de revistas literarias en la década de los 80 también impulsó, por su brevedad, el desarrollo del cuento moderno vasco. Las obras de J. Sarrionandia (Narrazioak, (1983)) o Atxaga, y, en especial, su excelente libro Obabakoak (1988), nos trasladaron a mundos fantásticos e imaginarios desconocidos hasta entonces en la prosa escrita en nuestra lengua. Esta trayectoria cuentística moderna se vio confirmada con las narraciones de





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